La subsecuente percepción es, ¿por
qué la brecha de desigualdad es de tal magnitud entre los ricos más ricos y los
pobres más pobres? El problema radicará en que, talvez, existe una mala
administración individual del futuro financiero, encuéntrese en la clase social
donde se encuentre el individuo, y que por lo tanto cada uno debería estar en
la incumbencia en mejorarlo largoplacientemente; como Bill Gates, el hombre más
rico del mundo, lo afirma implícitamente al decir: “Si naces pobre no es tu
culpa, pero si mueres pobre sí es tu culpa”.
O que por otro lado, el problema no radica en el individuo, si no en el
sistema socioeconómico que lo supedita a este, donde el generador de riqueza y principal
medio de producción es el capital, llamado capitalismo.
Cuantiosos países
industrializados han definido modelos económicos capitalistas para la toma de
decisiones comerciales, que los han llevado al culmen de su crecimiento
económico, empoderando cada vez más a las mastodónticas empresas
transnacionales, pero a su vez, sumergiendo a los más perecederos a la descomunal
fosa de la extrema carestía. Tal es el caso de China, a pesar de ser segunda
potencia económica mundial y que, según el Fondo Monetario Internacional, el
“tigre asiático” ya habría superado a los Estados Unidos desde el 2014, reúne bajo
el umbral de la pobreza un alrededor de 90 millones de personas, tres veces el
total demográfico del Perú. Y de la misma manera, Brasil, sexta potencia
económica mundial, un país con un crecimiento asteroideo de su PBI en los
últimos 5 años, refleja una antípoda sensación de bienestar económico, con una
población favelista que va en aumento.
¿Será entonces el capitalismo el
gran gigante acéfalo que necesita de una acción hercúlea contra este para
ponerle fin? Si nos enfocamos históricamente, la respuesta a esta pregunta iba
a ser resuelta con el nacimiento de la ideología marxista. El frenesí disidente
contra el capitalismo, surgido en la Guerra Fría, provocó una dicotomía mundial
mediante la alineación de los países en su búsqueda por el punto de ecuanimidad
entre el capitalismo y el antagónico a este, el socialismo. Este modelo dejaba de
lado el arcaico sistema, donde liderado por la Rusia Comunista, intentó a través de la lucha de clases, la
erradicación de toda categoría social, y
en consecuencia, el fin de la pobreza, alegando la explotación del hombre por
el hombre como el principio de todos los males. Lamentablemente, la esencia
utópica del socialismo, que en apariencia es la perfección hecha arquetipo
económico, no se adhiere a la conducta individual del hombre, centrada básicamente
en el egoísmo, motivo antinómico que dio origen al fin de la Unión Soviética. Tras la caída del muro de Berlín y el supuesto
triunfo imperialista del capitalismo, medio siglo después, las secuelas de este
poder fáctico han convertido al mundo más desigual y más pobre, efectuando heterodoxamente que el desarrollo del capitalismo no equivale a desarrollo.
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