La persona que va por la vida sujeta al sentido común se enfrenta a la presencia de un mundo definido: no importan las formas en las que la incertidumbre se exprese, siempre la interrogante de nuestra existencia será -racional o científicamente- resuelta. Solo saber que nada sabemos es el comienzo. Un comienzo que en busca de explicaciones es la misma salida de un laberinto sin acceso a escapatoria.
Empezar a asumir nuestra ignorancia en una sociedad donde cada día se nos exige más sabiduría es, al menos al principio, darle sentido a una vida que no se pidió vivirla. Con dogmas o sin ellos, lo cierto es que nunca más se presenciará la misma. Usufructuémosla. Que se talle en el imaginario social que, así como nuestro origen, nuestro fin es la nada. Nunca sabemos como vinimos, ni nunca retornaremos para explicar cómo nos fuimos.
BLOG DE BRUNO FLORIÁN
viernes, 6 de enero de 2017
Desde tu sobrino-nieto: adiós
El 28 de junio del 2016 se apagó la llama de la existencia para uno de
los más distinguidos hidalgos de la nobleza calificada. Un hombre de antaño que
ni la vejez pudo diluir su chispa inquebrantable de algarabía para con todo
aquel que, por lo menos, supo quién era el señor Santiago Oliveros.
Él, un caballero andante que a
pesar de disfrutar de una avanzada edad, era visto por todos los rincones del
centro de Chimbote y saludado por hasta el menos concurrente callejero, quien
si es que no era reconocido, el tunante Shanti sentenciaba: “Quien será ese
cojudo, ya no veo”.
Y era esa incapacidad de ver lo que produjo en él sus desdichas. Nunca
vio –además de los que cerca pasaban– que una familia podría ser el soporte y
amparo de su vida. No vio que el
desordenado vivir y la picardía al enamorar ocasionaría una vida plagada
de soledad hasta el último de sus días. No vio de esa manera que las
equivocadas decisiones estimularían el aislamiento de sus seres más queridos.
Lamentablemente, la peor equivocación cometida no le pertenece a él, sino
a su verdadera familia. Antes de su trágica caída, ella no pudo ver el mejor
estado del hombre que religiosamente cada domingo los visitaba con un ímpetu de
niño para pasar un almuerzo, en el que, celebrado hasta por sus sobrino-nietos,
era el primero en servirse y el último en acabar. Esos domingos donde el sonido
del timbre junto con un “ya llegó Shantingo” era el inicio de un festín de
alegría para todos. Esa afanosa y noble actitud la manifestó –una vez más–
siendo el primer promotor de las conmemoraciones católicas de sus fallecidos
familiares, los cuales deben ahora estar siendo partícipes del regocijo y gozo
protagonizado por él desde su partida.
La imposibilidad de lo eterno se manifestó en su expiración de este
mundo. Encuéntrese donde se encuentre, no cabe duda que el recuerdo de aquel hombre
de elegante gracia y argucia exquisita permanecerá constante en el sinfín de
nuestras memorias.
Hasta siempre, Shantingo.
jueves, 3 de marzo de 2016
DESARROLLO DEL CAPITALISMO NO EQUIVALE A DESARROLLO
La subsecuente percepción es, ¿por
qué la brecha de desigualdad es de tal magnitud entre los ricos más ricos y los
pobres más pobres? El problema radicará en que, talvez, existe una mala
administración individual del futuro financiero, encuéntrese en la clase social
donde se encuentre el individuo, y que por lo tanto cada uno debería estar en
la incumbencia en mejorarlo largoplacientemente; como Bill Gates, el hombre más
rico del mundo, lo afirma implícitamente al decir: “Si naces pobre no es tu
culpa, pero si mueres pobre sí es tu culpa”.
O que por otro lado, el problema no radica en el individuo, si no en el
sistema socioeconómico que lo supedita a este, donde el generador de riqueza y principal
medio de producción es el capital, llamado capitalismo.
Cuantiosos países
industrializados han definido modelos económicos capitalistas para la toma de
decisiones comerciales, que los han llevado al culmen de su crecimiento
económico, empoderando cada vez más a las mastodónticas empresas
transnacionales, pero a su vez, sumergiendo a los más perecederos a la descomunal
fosa de la extrema carestía. Tal es el caso de China, a pesar de ser segunda
potencia económica mundial y que, según el Fondo Monetario Internacional, el
“tigre asiático” ya habría superado a los Estados Unidos desde el 2014, reúne bajo
el umbral de la pobreza un alrededor de 90 millones de personas, tres veces el
total demográfico del Perú. Y de la misma manera, Brasil, sexta potencia
económica mundial, un país con un crecimiento asteroideo de su PBI en los
últimos 5 años, refleja una antípoda sensación de bienestar económico, con una
población favelista que va en aumento.
¿Será entonces el capitalismo el
gran gigante acéfalo que necesita de una acción hercúlea contra este para
ponerle fin? Si nos enfocamos históricamente, la respuesta a esta pregunta iba
a ser resuelta con el nacimiento de la ideología marxista. El frenesí disidente
contra el capitalismo, surgido en la Guerra Fría, provocó una dicotomía mundial
mediante la alineación de los países en su búsqueda por el punto de ecuanimidad
entre el capitalismo y el antagónico a este, el socialismo. Este modelo dejaba de
lado el arcaico sistema, donde liderado por la Rusia Comunista, intentó a través de la lucha de clases, la
erradicación de toda categoría social, y
en consecuencia, el fin de la pobreza, alegando la explotación del hombre por
el hombre como el principio de todos los males. Lamentablemente, la esencia
utópica del socialismo, que en apariencia es la perfección hecha arquetipo
económico, no se adhiere a la conducta individual del hombre, centrada básicamente
en el egoísmo, motivo antinómico que dio origen al fin de la Unión Soviética. Tras la caída del muro de Berlín y el supuesto
triunfo imperialista del capitalismo, medio siglo después, las secuelas de este
poder fáctico han convertido al mundo más desigual y más pobre, efectuando heterodoxamente que el desarrollo del capitalismo no equivale a desarrollo.
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