El 28 de junio del 2016 se apagó la llama de la existencia para uno de
los más distinguidos hidalgos de la nobleza calificada. Un hombre de antaño que
ni la vejez pudo diluir su chispa inquebrantable de algarabía para con todo
aquel que, por lo menos, supo quién era el señor Santiago Oliveros.
Él, un caballero andante que a
pesar de disfrutar de una avanzada edad, era visto por todos los rincones del
centro de Chimbote y saludado por hasta el menos concurrente callejero, quien
si es que no era reconocido, el tunante Shanti sentenciaba: “Quien será ese
cojudo, ya no veo”.
Y era esa incapacidad de ver lo que produjo en él sus desdichas. Nunca
vio –además de los que cerca pasaban– que una familia podría ser el soporte y
amparo de su vida. No vio que el
desordenado vivir y la picardía al enamorar ocasionaría una vida plagada
de soledad hasta el último de sus días. No vio de esa manera que las
equivocadas decisiones estimularían el aislamiento de sus seres más queridos.
Lamentablemente, la peor equivocación cometida no le pertenece a él, sino
a su verdadera familia. Antes de su trágica caída, ella no pudo ver el mejor
estado del hombre que religiosamente cada domingo los visitaba con un ímpetu de
niño para pasar un almuerzo, en el que, celebrado hasta por sus sobrino-nietos,
era el primero en servirse y el último en acabar. Esos domingos donde el sonido
del timbre junto con un “ya llegó Shantingo” era el inicio de un festín de
alegría para todos. Esa afanosa y noble actitud la manifestó –una vez más–
siendo el primer promotor de las conmemoraciones católicas de sus fallecidos
familiares, los cuales deben ahora estar siendo partícipes del regocijo y gozo
protagonizado por él desde su partida.
La imposibilidad de lo eterno se manifestó en su expiración de este
mundo. Encuéntrese donde se encuentre, no cabe duda que el recuerdo de aquel hombre
de elegante gracia y argucia exquisita permanecerá constante en el sinfín de
nuestras memorias.
Hasta siempre, Shantingo.
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